Víctor no intentó detenerla.
A la mañana siguiente, Sofía descubrió que la deuda de su familia había sido completamente pagada. Además, habían abierto una cuenta a su nombre con una cantidad de dinero suficiente para que pudiera vivir el resto de su vida.
Pero ella no tomó ni un solo peso.
Pasaron casi seis meses.
Una tarde, Víctor apareció en su puerta.
Sin silla, sin la enorme barriga y sin máscara.
—La última vez, otros tomaron la decisión por ti —dijo el hombre—. Por eso, ahora solo tú decidirás. No he venido a buscar una esposa. He venido a preguntarte si aceptarías simplemente tomar un café conmigo.
Sofía miró a Víctor.
Y, inesperadamente, sonrió.