La respuesta de Álvaro fue breve:
—Entonces es suficiente.
Lucía empujó las palancas. Madrid quedó bajo las nubes y, por primera vez, marcharse no se pareció a perder.
Buenos Aires le devolvió partes de sí misma que creía agotadas. Alquiló un piso luminoso en Palermo, volvió a correr junto a los bosques y aceptó rutas a Santiago, Roma, Johannesburgo y Madrid. La aerolínea la nombró instructora de nuevos comandantes. En 6 meses, su fotografía apareció en una revista bajo un titular que su padre habría recortado: “Lucía Ferrer, la española que hizo del cielo su casa”.
Álvaro no la llamó para pedirle que regresara. Antes de cada travesía larga enviaba el mismo mensaje: “Buen vuelo, capitana”. Ella respondía algunas veces. Otras, no.
El divorcio quedó firme en enero. Lucía lloró 12 minutos, no porque quisiera volver, sino porque por fin pudo despedirse de la mujer que había confundido paciencia con amor.