PARTE 1
La mañana posterior a su 35 cumpleaños, Lucía Ferrer descubrió que su marido había reservado un palacete entero para celebrar, con 3 meses de antelación, el cumpleaños de la mujer a la que nunca había dejado de amar.
No gritó. No rompió la vajilla. A las 08:10 entró en el despacho del director de Hispania Global, en Madrid-Barajas, y dejó una solicitud sobre la mesa.
—Quiero el traslado permanente a la base de Buenos Aires. Solo rutas de largo radio.
Julián Robles levantó la vista. Lucía era la capitana más joven de la flota del Airbus A350 y la única capaz de mantener la voz serena cuando una tormenta convertía la cabina en un puñado de nervios.
—Si firmas, no volverás en una temporada. Puede que pasen años.
—Mis padres ya no están. Y mi marido pronto tampoco será mi marido.