Era un límite nuevo.
Mientras tanto, Carmen interpretó el cambio como una amenaza.
Llamaba a su hijo casi todos los días.
—Desde que trabaja está creída.
—Mamá, déjalo.
—Te tiene cuidando niños mientras ella juega a ser secretaria.
—Son mis hijos.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí. Y por eso te digo que pares.
Era la primera vez que Álvaro hablaba así a su madre.
Después de leer aquellos mensajes, Álvaro se había visto desde fuera: un hombre de 38 años permitiendo que su madre decidiera qué mujer merecía, mientras su esposa sostenía la casa y criaba a sus hijos.
La vergüenza logró lo que las discusiones no habían conseguido.
Carmen, sin embargo, no se rindió. 2 semanas después invitó a Álvaro a comer “como madre e hijo”. Al llegar, encontró a Nuria allí otra vez.
—Mamá.
Carmen fingió sorpresa.