Al llegar con mis hijos a casa de mi suegra, vi la mesa llena y a la mujer que ella siempre quiso para mi marido sentada con una copa. Entonces escuché: “Para ella y esos niños no tengo ni un trozo de pan.” No discutí; cogí a mis hijos y me fui. Horas después, un mensaje en el móvil de mi marido reveló que aquella humillación llevaba meses preparándose.

—No sabía que vendría.

Nuria dejó la copa.

—Si molesto, me voy.

Álvaro la miró. Ella no había cambiado. Él sí.

—No molestas tú —dijo—. Molesta que mi madre siga utilizándote para atacar a mi esposa.

Carmen se levantó de golpe.

—¡No exageres!

—Lucía vio los mensajes.

El rostro de Carmen perdió color.

—¿Te revisa el móvil ahora?

—No cambies el tema.

—Yo solo quería abrirte los ojos.

—Pues los abriste.

—¿Y qué has visto?

Álvaro respiró hondo.

—Que durante años dejé que Lucía cargara con todo porque me convenía. Y que tú llamabas “mediocre” a la persona que hacía mi vida más fácil.

Carmen apretó los labios.

—Nuria sí podría impulsarte.

Nuria se removió incómoda.

Álvaro soltó una risa sin humor.

—¿Impulsarme hacia dónde? ¿A ser un hombre que necesita que su madre le busque pareja?

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