Esa tarde pidió disculpas a Mateo y Alba.
No fue perfecta.
Dijo que había estado enfadada y había dicho una cosa fea. Mateo preguntó:
—¿Entonces sí había pan?
Carmen tragó saliva.
—Sí. Había de sobra.
—¿Y por qué dijiste que no?
No encontró una excusa aceptable.
—Porque me porté mal.
Mateo asintió con la seriedad de un juez pequeño.
Alba preguntó:
—¿La próxima vez podremos comer croquetas?
Carmen se echó a llorar.
—Sí, cariño. Todas las que quieras.
Lucía no confundió aquellas lágrimas con una transformación milagrosa. Carmen siguió siendo dominante y orgullosa, pero dejó de mencionar a Nuria, dejó de enviar fotos y entendió que sus nietos no volverían a ser daño colateral de su guerra contra la nuera.
El matrimonio tardó mucho más en repararse.
Álvaro empezó terapia por iniciativa propia.
Una noche, después de acostar a los niños, se sentó frente a Lucía.
—Hay algo que me da vergüenza admitir.
Ella esperó.
—Me gustaba que dependieras de mí.
Lucía no cambió de expresión.
—Sigue.
—Me hacía sentir necesario. Si tú no trabajabas, yo era el que traía el dinero. El que sabía cuánto había. El que decidía si podíamos gastar. Nunca lo llamé control porque no te prohibía salir ni te gritaba. Pero… me convenía.
Lucía sintió rabia, pero también una extraña calma.
Por fin estaba oyendo una verdad completa.
—Yo confundí dependencia con seguridad —dijo ella—. Pensaba que si tú pagabas todo era porque me cuidabas.
—Quería cuidarte.
—Y también querías que no pudiese marcharme fácilmente.
Álvaro bajó la cabeza.
—Sí.
La palabra fue dolorosa.
Pero limpia.
Lucía no le prometió que todo iría bien.
—Quiero ver si podemos construir algo distinto —dijo—. No quiero volver al matrimonio que teníamos.
—Yo tampoco.
—Y si alguna vez vuelves a sentir “curiosidad” por otra mujer, no necesito enterarme cuando tu madre organice otra reunión.
Él sonrió con tristeza.
—No vas a dejar que olvide esa palabra.
—No.
Meses después, Lucía pasó a contrato indefinido y empezó a formarse en facturación. Con su 4.º sueldo abrió una cuenta de ahorro. No era una fortuna, pero cada cifra significaba algo que había olvidado: elección.
Un domingo de primavera, los 4 fueron a la playa de la Malvarrosa. Mateo construía una muralla de arena y Alba corría detrás de las gaviotas.