El doctor Daniel explicó que varias semanas antes Jake había conocido en el hospital a un hombre llamado Peter.
Peter era padre de dos hijos y llevaba meses esperando la posibilidad de recibir un trasplante.
Con frecuencia recibían tratamiento en el mismo piso.
Un día, Jake vio al hijo pequeño de Peter sentado durante horas fuera de la habitación de su padre haciendo sus deberes escolares.
Aquella tarde, Jake preguntó al médico si existía alguna posibilidad legal y médicamente apropiada de que, después de su muerte, su donación pudiera ayudar a aquella familia.
Nadie le prometió nada.
Había reglas, requisitos de compatibilidad y procedimientos médicos que tenían que cumplirse.
Pero Jake siguió preguntando hasta el final.
—La familia de Peter todavía no sabe quién podría ser un posible donante —me dijo el médico—. Y quizá nunca lo sepan, a menos que las circunstancias lo permitan y tú quieras tener contacto con ellos. Jake no quería que se rompiera ninguna regla. Simplemente repetía que, si algo sano quedaba de él después de morir, quería que eso pudiera convertirse en más tiempo para otra persona.