Me quedé allí, inmóvil, como si fuera yo quien pide perdón. Y después de largos minutos, se arrastró, lentamente. Él no buscaba mi mano. Fue a beber. Luego volvió a esconderse, como si salir ya hubiera sido un esfuerzo.
Esa noche, pensé en sus ocho meses en el refugio. En aquellos días en que la gente caminaba frente a él. A este cuerpo masivo, no “instagrammable”. A esa oreja doblada que estaba diciendo algo sin palabras.
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