Hice un esfuerzo por incorporarme.
—¿Te refieres a Daniel? ¿Tu padre es Daniel?
Asintió, pero su expresión cambió cuando le expliqué cómo me habían obligado a firmar los documentos de adopción. Me contó que Daniel lo había criado creyendo que yo había renunciado voluntariamente a él.
—Te busqué durante treinta y un años —dije—. Nunca dejé de amarte.
Fabián parecía confundido y herido. Creía que mi firma en los documentos demostraba que yo había decidido abandonarlo. Podía ver que mis palabras no eran suficientes para convencerlo.
Desesperada por mostrarle algo real, le pedí que me trajera el bolso. Dentro estaba el pequeño patuco de ganchillo que había conservado durante décadas. La lana había perdido su color y una mancha de esmalte de uñas rojo cubría parte del tejido, pero nunca había sido capaz de tirarlo.