Podía haber sido un malentendido.
Quizá aquella casa era de un familiar.
Quizá había una razón legítima.
Pero había una cosa que no podía ignorar.
Greta había dicho que tenía miedo.
Y yo conocía a mi hija.
Ella no se asustaba fácilmente.
Cuando llegué al campamento, Karen me estaba esperando junto a la recepción.
En cuanto me vio, caminó hacia mí.
—Gracias por venir.
—¿Dónde está Greta?
—En mi oficina.
—Quiero verla.
Karen asintió.
Abrí la puerta.
Greta estaba sentada en una silla, abrazando su mochila.
Cuando me vio, corrió hacia mí.
La abracé con tanta fuerza que sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Lo siento.
—No tienes nada por lo que disculparte.
La separé suavemente para mirarla.
—¿Te hizo daño?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Te gritó?
—No.