Capítulo 2: El regalo que cambió la boda
Mientras Claire y Daniel celebraban su boda, yo intentaba convencerme de que aquello ya no tenía nada que ver conmigo.
Tenía siete hijos alrededor.
Eran mi razón para no derrumbarme.
El mayor, Ethan, tenía diecisiete años. Después venían Olivia, de quince; Lucas, de trece; Emma, de once; Noah, de nueve; Mia, de siete; y el pequeño Samuel, que apenas tenía cuatro.
Aquella tarde, ninguno quería ir a la boda.
—No quiero felicitar a papá —dijo Olivia con los ojos llenos de lágrimas—. Después de lo que hizo, no se lo merece.
—No tenemos que ir —respondí suavemente.
Ethan, que había estado callado durante casi una hora, levantó la mirada.
—Mamá, ¿papá realmente dijo que nosotros éramos una carga?
Tragué saliva.
No quería repetirle aquellas palabras.
Pero él ya las había escuchado.
—Sí —respondí finalmente—. Eso fue lo que dijo.
Ethan bajó la cabeza.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces se levantó y salió de la habitación.
Pensé que necesitaba estar solo.
No imaginé que estaba preparando algo.
Cerca de las cinco de la tarde, mientras en algún salón elegante Daniel y Claire intercambiaban sus votos, Ethan regresó con una pequeña caja negra entre las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Un regalo.
—¿Para quién?
Me miró directamente.
—Para papá y Claire.
Mi corazón se encogió.
—Ethan, no quiero que hagas nada de lo que puedas arrepentirte después.
Él negó con la cabeza.
—No voy a hacerles daño. Solo quiero que reciban exactamente lo que se merecen.
No entendí a qué se refería.
Pero una hora después, el teléfono de Ethan empezó a sonar.
Era Daniel.
Ethan contestó.
No dijo una palabra.
Solo escuchó.
Después activó el altavoz.
La voz de Daniel salió del teléfono.
—¿Qué demonios es esto?
Ethan permaneció completamente tranquilo.
—Es tu regalo de bodas.
—¿Dónde conseguiste estos documentos?
Sentí un escalofrío.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Ethan me miró.
—Los encontré hace tres semanas, mamá.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué encontraste?
Ethan abrió la caja.
Dentro había una memoria USB, varias fotografías y un sobre sellado.
—Esto.
Daniel seguía gritando al otro lado del teléfono.
—¡Ethan, escucha! ¡No sabes lo que estás haciendo!
Mi hijo sonrió con tristeza.