Pero, por primera vez en mucho tiempo, había una posibilidad real de conseguir ayuda.
Antes de terminar la llamada, Emma me hizo una pregunta.
—¿Cómo se llamaba?
Miré la fotografía una vez más.
—Samuel.
Y pronuncié su nombre con la misma suavidad con la que lo había escuchado aquella noche lluviosa de 1998.
No sabía aún qué ocurriría con la solicitud ni cuánto apoyo recibiríamos. Tampoco sabía qué otras sorpresas guardaba aquella caja.
Pero cuando volví a doblar la carta, descubrí que había una segunda hoja pegada al fondo del sobre.
Era mucho más reciente.
Y estaba escrita por Richard, no por Samuel.
La leí una vez.
Después otra.
«Elena, hay una última cosa que debes saber antes de decidir qué hacer con la ayuda. Samuel no fue el único hombre cuya vida cambió aquella noche de noviembre. Alguien más te vio darle aquellos diez dólares, y esa persona lleva años intentando encontrarte por una razón que no tiene nada que ver con el dinero».