La primera fotografía era de la estación de Villamar.
Mi madre sonreía a la cámara desde el andén, con su bolsa azul a los pies y un pañuelo al cuello que no le había visto nunca. Ya estaba flaca en esa foto. Ya tenía las mejillas hundidas. La fecha de la esquina era de hacía diez días: tres días antes de la mañana en que me dijo, con su maleta azul y su sonrisa de siempre, que se iba una semana a casa de Margaret.
La segunda era de las dos juntas, en el porche de una casa con una placa de latón: Casa Ferrer.
Margaret existe. Margaret está viva, en una silla de ruedas, con una manta sobre las piernas y los ojos más despiertos que he visto en una fotografía en años. Mi madre se reía a su lado con la boca abierta, de esa manera que no le oigo reír desde antes de la primavera. Y fue entonces cuando bajé a mirar otra vez la etiqueta de la maleta negra, la que no llevaba ni el nombre de Margaret ni el de mi madre.