Entonces mi madre volvió a tomarme las manos.
Esta vez no lloraba.
—Nora, necesitamos hablar contigo.
Ahí estaba.
La verdadera razón.
No habían venido a conocerme.
Habían venido porque necesitaban algo.
Retiré lentamente mis manos.
—¿Qué necesitan?
Mi padre intercambió una mirada rápida con mi madre.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Y entonces comprendí que aquella visita había sido preparada.
Mi madre respiró profundamente.
—Tu hermano está pasando por un problema serio.
Daniel bajó la cabeza.
—¿Qué clase de problema?
—Dinero —respondió mi padre.
No me sorprendió.
—¿Cuánto?
Mi madre dijo una cantidad.
Me quedé mirándola.
Era una suma enorme.
Mucho más de lo que una familia común podía pagar.
—¿Y qué quieren de mí?
Mi padre tardó unos segundos en responder.
—Queremos que nos ayudes.
Solté una pequeña risa.
No porque fuera gracioso.
Sino porque no podía creerlo.