Un segundo después, alguien golpeó.
Tres golpes.
Lentos.
Seguros.
La enfermera se acercó a la puerta, pero el director levantó una mano para detenerla.
—No abras todavía.
Otro golpe.
Entonces una voz masculina sonó desde el otro lado.
—¿Lila?
La niña comenzó a llorar.
Valerie se colocó delante de la camilla.
—No quiero que entre.
El director miró hacia la puerta.
—Señor Mercer, por favor espere en el pasillo. Estamos atendiendo a su hija.
—Solo quiero verla.
—En este momento no es posible.
Hubo un silencio.
Luego la voz del hombre cambió.
Ya no sonaba preocupada.
Sonaba fría.
—Soy su padre.
El director respondió:
—Y ella está bajo nuestra supervisión mientras recibe atención médica.
—Entonces quiero saber qué les ha dicho.
Valerie sintió un escalofrío.
Lila se llevó ambas manos a los oídos.
—No…
Valerie se arrodilló junto a ella.