Aquellas palabras me atravesaron el pecho.
Mi embarazo había sido complicado emocionalmente desde que descubrí la infidelidad de Ryan. Durante semanas, había llorado hasta quedarme dormida, mientras intentaba cuidar de mis cuatro hijos y comprender cómo el hombre con el que había compartido trece años podía destruir nuestra familia con tanta facilidad.
Después llegó la pérdida.
Recuerdo el silencio del hospital. Recuerdo la mano de una enfermera sobre mi hombro. Recuerdo haber mirado el techo y haber sentido que algo dentro de mí se había apagado para siempre.
Ryan ni siquiera estuvo a mi lado como yo había esperado.
Dijo que tenía asuntos que resolver.
Ahora, mi hija estaba en su boda hablando de una promesa que él había hecho antes de que yo perdiera a nuestro bebé.
—¿Qué promesa? —susurré.
—No lo sé. Pero Ryan acaba de levantarse y está intentando quitarle el micrófono.