La habitación quedó congelada de nuevo, atónita, mientras lo observaba, sintiendo que algo nuevo, fuerte y desconocido florecía en mi interior. El juego apenas comenzaba.
—Primero terminaré mi turno, señor Whitmore —respondí, apartando suavemente su mano de mi cintura para ajustarme el delantal—. Los pisos del ala oeste aún no se han lavado.
Eleonora soltó una carcajada, y por primera vez en muchos años, Grant rió a carcajadas, una risa franca y alegre que compartió con ella, comprendiendo que nunca lograría domar a esa mujer; con ella, lo úni