Yo pensaba que a casi sesenta años uno simplemente se vuelve más lento. Nunca sospeché que hubiera otra explicación.
Fingir normalidad
Volví a casa a la hora de siempre. Daniela me recibió con un beso en la mejilla y un delantal manchado de harina. Por primera vez, su cercanía me produjo un escalofrío. Esa noche acepté el vaso, fingí dos sorbos y lo vacié en el lavamanos del baño cuando ella bajó a apagar las luces.
Durante los días siguientes actué como si nada hubiera cambiado. Fingía bostezos, fingía sueño, fingía confianza. Mientras tanto, empecé a mirar mi propia casa con otros ojos.
El abogado y el sobre del notario
Busqué a mi abogado de siempre, el licenciado Pineda. Me escuchó sin interrumpir y después me hizo una pregunta que me dejó helado:
—Gustavo, ¿ha firmado usted algo últimamente que no haya leído con calma?