Recordé un sobre que Daniela había dejado en mi escritorio dos semanas antes, con una nota amable: «Es solo una formalidad del seguro, firma donde están las marcas». Yo firmé sin leer, medio dormido, como tantas veces. Pineda llamó a la notaría que figuraba en el membrete. Era un poder general para administrar todos mis bienes, con fecha de ratificación para el jueves siguiente.
La conversación que no debía escuchar
Con el consejo del abogado, dejé el teléfono grabando debajo del sofá el miércoles por la noche y salí a caminar. Cuando volví, escuché el audio sentado en el auto. Era la voz de Daniela, baja y rápida, hablando con alguien que ella llamaba «Memo»:
—Mañana lo ratifica y se acabó. Está tan dormido que ni lee lo que firma. Después de eso, lo demás es cuestión de paciencia.