En urgencias olía a desinfectante y a café de máquina. Una enfermera llamada Paula nos llevó a un box con cortina. Le conté las tres noches, el agua a sorbos, el pijama de nubes. Sophie respondió con monosílabos y no soltó mi dedo índice. La doctora Ruiz entró con el historial en una tablilla y la calma de quien ha visto muchos miedos y no los apura.
—Vamos a hidratarla y a observar la noche —dijo—. No veo golpes. Veo abandono. Mayor Hayes, necesito un contacto de emergencia que no sea usted, por si sale un momento al pasillo.
—Mi esposo no —dije—. Y su madre tampoco.