—Vaya con su hija. Yo me quedo con la orden de preservar lo que hay en el armario. Nadie entra sin mí, ni siquiera quien diga ser de la familia.
—Brandon sigue al teléfono de la casa —recordé—. Lo dejé sobre la cama.
—Lo tengo localizado —dijo Foster—. Si aparece, hablará conmigo antes que con la niña. Mayor, una cosa: no firme nada que le pongan delante en el hospital hasta que lea el membrete dos veces.
Sophie me llamó desde la camilla. Tenía una manta demasiado grande y los ojos muy abiertos, como si el mundo se hubiera vuelto de metal y luces. Subí y le tomé la mano.
El paramédico cerró las puertas. A través de la ventanilla vi a Foster volver hacia el porche, y detrás de él, por un instante, la silueta de una mujer en la acera de enfrente. No llegué a distinguir la cara. La ambulancia arrancó.