Se equivocó.
Las apariencias habían logrado abrir la puerta del juzgado.
Pero fueron las pruebas las que decidieron qué verdad permanecía en pie cuando aquella puerta se cerró.
Y Carmen comprendió, por fin, que protegerse de un hijo no significaba dejar de quererlo.
Significaba impedir que ese amor volviera a ser utilizado como un arma contra ella.