Ya no sentía vergüenza al pensar en esa voz.
Sentía gratitud.
Porque aquella mujer herida que pedía ayuda todavía no sabía cómo terminaría la historia.
Solo sabía una cosa:
tenía que llegar al otro lado de la puerta.
Y llegó.
Ya no sentía vergüenza al pensar en esa voz.
Sentía gratitud.
Porque aquella mujer herida que pedía ayuda todavía no sabía cómo terminaría la historia.
Solo sabía una cosa:
tenía que llegar al otro lado de la puerta.
Y llegó.