Cuando quise pasar unos días con mi hermana, embarazada de 6 meses, mi marido cerró el portón y su madre me inclinó sobre la mesa del patio. Mientras él me sujetaba, escuché: «Ya aprenderá». En el hospital pedí protección y denuncié sin volver a mirarlo. Entonces un repartidor apareció con una tarjeta de memoria que ninguno sabía que existía.

Mateo pausó la imagen.

—Hay más.

Lucía lo miró.

Él amplió la grabación de un minuto anterior. Una de aquellas figuras se había colocado brevemente frente al lateral de la furgoneta. El rostro no aparecía completo, pero sí una chaqueta verde, un bolso rojo y un llavero metálico muy particular.

Lucía lo reconoció de inmediato.

Pertenecía a Nuria, la hermana de Álvaro.

La segunda figura era Eusebio, un vecino que llevaba años tomando café con Carmen casi todas las tardes.

La revelación la golpeó de otra manera. Nuria le había enviado mensajes durante el embarazo diciéndole que podía contar con ella “para lo que necesitara”.

Horas después, Álvaro apareció en el hospital. Exigió verla y dijo que Lucía había sufrido una caída en el patio. Afirmó que su madre solo había intentado ayudarla. Cuando una enfermera le comunicó que Lucía no autorizaba la visita, cambió de versión: dijo que el embarazo la tenía nerviosa y confundida.

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