CUANDO VOLVÍ DE MI DESPLIEGUE, MI ESPOSA YA HABÍA CONVENCIDO A TODOS DE QUE MI PADRE TENÍA DEMENCIA — PERO YO HABÍA TRAÍDO ALGO QUE PODÍA DESTRUIR TODA SU HISTORIA

Agresividad.

Paranoia.

Intentos de salir de casa.

Incluso afirmó que papá la había empujado dos veces.

—¿Existe documentación médica de esas lesiones? —pregunté.

Me miró.

—¿Qué?

—Si papá fue violento, ¿fuiste al médico?

—No todo tiene que documentarse.

—Claro.

Volví a quedarme callado.

El doctor Price recomendó una evaluación más completa antes de emitir conclusiones definitivas.

Aquello molestó a Abigail.

—Pero con lo que acaba de ver…

—Una sola entrevista no basta para diagnosticar una demencia ni para determinar incapacidad jurídica —respondió.

Vi la mandíbula de Abigail tensarse.

Aquello no era lo que esperaba.

Esa tarde dijo que necesitábamos hablar.

—Tu papá no puede seguir aquí.

—¿Qué propones?

—Una residencia especializada.

—¿Ya encontraste una?

No debería haberlo preguntado con tanta precisión.

Su mirada cambió.

—He investigado algunas.

—¿Cuánto cuestan?

—Eso podemos resolverlo después.

—¿Con su dinero?

—Samuel, es para cuidarlo.

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