Seguí viendo.
Graciela regresó, entró a su cuarto y salió gritando que su pulsera había desaparecido. Karla fingió sorpresa. Revisó cojines, cajones, la mesa.
Y luego señaló hacia el cuarto donde dormía mi niña.
—Seguro fue Sofía.
Esa frase me atravesó.
No fue una sospecha.
Fue una elección.
Karla escogió a mi hija porque sabía que Graciela le creería.
La grabación siguió. Vi cómo Graciela arrastraba una silla al centro de la sala. Vi a Karla cargar a Sofía mientras mi hija pataleaba y gritaba que no había hecho nada. Vi a Graciela sacar una máquina eléctrica.
No pude seguir mirando de corrido.
Pausé el video. Vomité en el baño. Volví. Guardé la grabación en tres lugares distintos.
Después llamé a Elena, mi mejor amiga de la universidad, ahora abogada familiar en Ciudad de México.