—Emily, mi esposo pasó treinta años diciéndome que era fea. Solo ahora me he dado cuenta de que pasé toda mi vida creyéndole.
Otra mujer contó que, después de someterse a un tratamiento médico que había cambiado su apariencia, había evitado salir en público durante mucho tiempo.
Una joven me escribió que sus compañeros de clase se burlaban de ella por el vello de su rostro y que yo era la primera persona que había visto hablar con valentía y naturalidad sobre una apariencia similar a la suya.
Me quedé sentada leyendo aquellos mensajes mientras lloraba.
Pero esta vez mis lágrimas eran diferentes.
Por primera vez sentí que mi dolor podía ayudar a otras personas.
Poco después recibí una invitación para participar en un programa de televisión nacional.
Y fue precisamente allí donde ocurrió aquello que Daniel tanto temía.