Pero ahora sabía que aquellas palabras no determinaban mi valor.
Una tarde, mi madre me miró y dijo:
—Emily, ¿sabes qué ha cambiado en tu rostro?
Miré mi reflejo en el espejo, sorprendida.
—¿Qué, mamá?
Ella sonrió.
—Tus ojos. Ya no te miras a ti misma de la manera en que Daniel te miraba.
Abracé a mi madre y comencé a llorar.
Porque tenía razón.
Las personas me habían cambiado, pero no de la manera que ellas pretendían.
Querían que me avergonzara de mi rostro.
En cambio, aprendí a defender mi dignidad.
Y ahora quiero hacer una pregunta, especialmente a las mujeres a quienes alguna vez les dijeron que no eran lo suficientemente hermosas.
Si su hija o su nuera tuviera una apariencia como la mía y decidiera no cambiar nada, ¿defenderían su decisión o le aconsejarían cambiar para evitar las burlas de la sociedad? ¿Y ustedes perdonarían a Daniel? ❤️