Después de años sin preocuparse por mí, mi madre me hizo la tercera llamada de toda mi vida: “Confiesa que atropellaste a ese hombre y salva a tu hermano”. En las otras dos me había exigido mi sueldo y el departamento que pagué con tres años de trabajo. Esta vez colgué sin discutir. Pensé que todo había terminado, hasta que la policía recuperó un video que escondía algo mucho peor.

—Y si don Ernesto muere, Mauricio perderá al suyo para siempre. ¿Acaso su dolor vale menos?

No respondió.

Por primera vez, mi madre parecía no tener preparada una frase para defender a Daniel.

Pero aquella pausa no significaba arrepentimiento.

Al quinto día llegaron a mi departamento cuatro personas.

Mi madre, mi padre, mi tío Arturo y un abogado.

No los invité a pasar.

El abogado explicó que representaba a Daniel y necesitaba una carta sobre su buena conducta anterior, su relación familiar y sus responsabilidades como futuro padre.

—Una referencia favorable puede formar parte de la estrategia de defensa —dijo.

—Entonces busquen a alguien que pueda escribirla sinceramente.

Mi madre me miró indignada.

—¡Solamente son dos hojas, Valeria!

—También me dijiste que solamente serían unos años de cárcel si aceptaba culparme.

Mi padre permanecía detrás de todos.

Llevaba casi dos años sin verlo.

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