Por eso, cuando sintió aquellas pequeñas manos en la espalda mientras bajaba las escaleras de su casa en La Moraleja, jamás imaginó que Nico pudiera empujarla de verdad.
Rodó varios peldaños.
Su cabeza golpeó el suelo.
Después llegó un destello insoportable.
Sofía parpadeó.
Primero distinguió luz.
Luego formas.
Después, un enorme candelabro de cristal suspendido sobre ella.
Se quedó inmóvil.
—Dios mío…
Podía ver.
Borrosa, temblorosa, dolorosamente… pero podía ver.
Nicolás estaba varios escalones más arriba.
Sofía sintió que el corazón se le detenía.
Cabello rizado. Ojos oscuros. Una pequeña hendidura en la barbilla.
No se parecía a ella.
Pero sí a otra persona.
Martina.
La cuñada viuda de Álvaro, la mujer que llevaba años viviendo en la casa “para ayudar a Sofía”.
—Nico… —susurró, tendiendo la mano.
El niño retrocedió.