En el patio interior seguía creciendo el olivo que su madre había plantado antes de fallecer.
Sofía apoyó una mano sobre el tronco.
Entonces lloró de verdad.
No por Álvaro.
No por Martina.
Ni siquiera por el dinero.
Lloró por el bebé al que nunca pudo despedir.
Por los 7 años que su padre pasó buscándola.
Por los cumpleaños en los que creyó que el rechazo de Nicolás era culpa suya.
Y por todas aquellas noches en las que agradeció a Álvaro que “no la abandonara”, sin saber que él se había asegurado de que creyera que no existía ningún otro lugar al que pudiera ir.
Su visión continuó mejorando bajo supervisión de nuevos especialistas.
Los médicos le explicaron que su caso era más complejo de lo que Álvaro le había contado y que la recuperación no podía atribuirse simplemente a aquella caída. Había lesiones antiguas, evolución neurológica y evaluaciones que deberían haberse repetido mucho antes.