Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Pero hay otra pregunta que me parece mucho más importante:

¿Cuántas personas siguen viviendo junto a alguien que les hace dudar de sí mismas, mientras todos los demás creen que tienen la pareja perfecta?

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