Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

PARTE 1

—Ya está dormida. Tráela, pero esta vez no le dejes ninguna marca.

Cuando escuché la voz de mi esposo en aquella grabación, sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.

Esa noche desperté en el asiento del copiloto del auto de mi cuñado, Mateo. Estábamos estacionados en el sótano del edificio donde vivía con Santiago, en San Pedro Garza García. Eran las 11:08 de la noche.

Yo había salido de la oficina a las 9:40.

El trayecto normalmente duraba menos de media hora.

Me dolía el cuello, tenía una punzada extraña en la cintura y una de mis medias estaba jalada a la altura de la rodilla. Lo que más me inquietó fue descubrir que el respaldo del asiento estaba mucho más inclinado de como yo lo había dejado.

Mateo no estaba dentro del auto.

Me quedé inmóvil unos segundos.

Aquello ya había ocurrido tres veces.

Siempre era igual.

Santiago decía que tendría una cena de negocios o una reunión con clientes, mandaba a su hermano por mí y Mateo aparecía con una botella de agua abierta.

—Toma, cuñada. Vienes muerta de cansancio.

Yo bebía.

Después, mis recuerdos desaparecían.

Al despertar, sentía el cuerpo pesado y adolorido.

Cuando se lo contaba a Santiago, se reía.

—Sofía, pasas diez horas sentada frente a una computadora. Te hace falta ejercicio.

Aquella explicación me había parecido razonable hasta que, después de la tercera vez, compré una pequeña grabadora y la escondí dentro de mi bolsa.

Esa noche finalmente tuve el valor de escucharla.

Primero oí mi voz agradeciendo el agua.

Luego silencio.

Diez minutos después, Mateo hizo una llamada.

—Ya se quedó dormida otra vez —dijo.

Y entonces escuché a Santiago.

A mi esposo.

Al hombre que dormía junto a mí.

—Perfecto. Tráela. Fernanda ya está aquí. Y no seas idiota: no le dejes marcas como la vez pasada.

Mateo soltó una risa nerviosa.

—Fue apenas un moretón.

—Pues apenas nos mete en problemas. Haz lo que te dije.

La llamada terminó.

Después escuché que el auto se detenía.

Una puerta se abrió.

Mi cinturón fue liberado.

El asiento comenzó a reclinarse.

Y Mateo murmuró:

—De verdad confías demasiado en nosotros, cuñada.

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