PARTE 1
—Me quedan, con suerte, cinco meses de vida —dijo Alejandro Mendoza, mirando a la desconocida que abrazaba a un niño junto a la carretera—. Así que hoy soy probablemente el hombre menos interesado en hacerle daño.
Laura lo miró sin saber si aquella frase era una broma cruel o la verdad.
Eran casi las once de la noche y un frente frío había caído sobre Querétaro. En la carretera hacia Tequisquiapan apenas pasaban autos. Laura llevaba una chamarra demasiado delgada, dos bolsas a sus pies y a Mateo, su hijo de cinco años, dormido sobre el hombro.
Su teléfono se había apagado. Había bajado del autobús en un punto equivocado y llevaba más de una hora caminando.
Alejandro, de sesenta y dos años, regresaba de una consulta. Ocho horas antes, un oncólogo le había explicado que el cáncer de páncreas estaba avanzado y que el pronóstico era malo.
Ahora no podía seguir manejando y dejar a una mujer con un niño en la oscuridad.
—¿A dónde va?
—A casa de una amiga en Tequisquiapan.
La llevó hasta la dirección. Nadie abrió.
—¿Cuándo habló con ella por última vez?
—Hace tres semanas.
Alejandro entendió que algo había cambiado.
—Mi casa está a diez minutos. Tengo habitaciones de sobra. Pueden pasar la noche.
—No lo conozco.
—Y hace bien en desconfiar. Pero el niño está helado.
Mateo despertó y preguntó:
—Mamá, ¿ya llegamos?
Laura aceptó.
La casa de Alejandro era grande, silenciosa y demasiado ordenada para una sola persona. Su esposa había muerto seis años atrás. Nunca habían podido tener hijos.
Mientras calentaba tortillas, frijoles y leche, Mateo lo observó.
—¿Usted vive solo en toda esta casa?
—Sí.
—Qué aburrido.
Alejandro soltó una risa que no recordaba haber escuchado en meses.
Laura confesó lo mínimo: venía de San Luis Potosí, acababa de divorciarse, había perdido su empleo y pensaba quedarse con una antigua compañera mientras buscaba trabajo. No dijo que su exmarido la había engañado durante casi un año ni que había quedado con poco dinero y un niño al que prometió que todo estaría bien.
Antes de dormir, Alejandro abrió una habitación de huéspedes.
—Quédense el tiempo que necesiten.