—¿Por qué haría eso por nosotros?
Él miró el pasillo vacío.
—Porque hoy me dijeron que voy a morir y descubrí que esta casa lleva años pareciendo muerta antes que yo.
Nueve días después, Laura ya tenía entrevistas. Mateo conocía cada rincón del jardín y había adoptado al gato gris de Alejandro, Churro.
Entonces apareció Rodrigo, el sobrino de Alejandro.
Cenó con ellos y preguntó demasiado sobre Laura. Más tarde, ella escuchó su voz desde el estudio:
—Tío, tienes cáncer terminal y metiste a una desconocida con un niño en tu casa. ¿Ya pensaste lo fácil que sería que alguien se aprovechara de ti?
Alejandro respondió:
—Tú llevas años preguntándome por mis cuentas, mis propiedades y mi testamento, y casi nunca me preguntas cómo me siento.
Hubo un silencio.
—Cuando mueras, lo que es de la familia debe seguir en la familia —dijo Rodrigo.
Alejandro contestó:
—Mientras yo siga vivo, nada de lo mío te pertenece.
Laura se quedó inmóvil. Aún no imaginaba hasta dónde estaba dispuesto Rodrigo a llegar para cambiar eso.
PARTE 2
Dos semanas después, Laura consiguió empleo en una empresa de materiales para construcción en Querétaro. El problema era la renta: depósito y primer mes superaban sus ahorros.
Alejandro le prestó el dinero. Laura encontró un departamento pequeño cerca de una guardería y se fue con Mateo.
Antes de salir, el niño abrazó a Churro.
—¿Podemos volver a ver al tío Alejandro?
—Cuando quieran —respondió él.
Esa noche, Rodrigo escribió a Laura:
“Mi tío está enfermo y vulnerable. Sus bienes son un asunto familiar. Espero que entienda que ciertas decisiones podrían no reflejar lo que realmente quiere.”
Laura contestó:
“Nosotros ya nos fuimos. El préstamo será pagado. No busco nada de su tío.”
Un mes después devolvió hasta el último peso.
Pero no dejó de visitar a Alejandro.
En diciembre, el segundo ciclo de quimioterapia lo golpeó con fuerza. Zulema, la mujer que limpiaba la casa desde hacía años, llamó a Laura.
—Rodrigo vino con unos documentos. Después de que se fue, don Alejandro no habló durante dos días.
Laura condujo hasta Tequisquiapan.
—¿Qué quería que firmaras?
—Un poder para “administrar” mis propiedades.
—¿Administrar o disponer?