Después la guardé en un disco externo y la eliminé del teléfono.
No porque quisiera olvidar.
Sino porque ya no necesitaba llevar la prueba conmigo todos los días.
Mauricio había querido llegar a noventa y nueve venganzas.
Creía que necesitaba tres más para destruirme por completo.
Nunca entendió que el verdadero final llegó antes.
En la número noventa y seis, yo dejé de intentar demostrarle que merecía su amor.
Y él perdió para siempre el poder de decidir cuánto valía yo.
Durante años pensé que salvar una relación significaba hacer sacrificios cada vez mayores.
Hasta que comprendí algo:
a veces la única persona que realmente necesita ser salvada eres tú misma.
Y esa decisión, aunque duela, puede ser el principio de toda la vida que todavía te queda por vivir.