Doné sangre para salvar al hombre con quien llevaba 3 años, pero al salir escuché detrás de la puerta del hospital: “Después de la número 99 la dejamos y todo termina”. Me quedé inmóvil al descubrir que mi relación entera había sido una venganza por algo ocurrido años atrás. No entré a reclamar; hice una llamada y me fui, sin imaginar que alguien del mismo grupo estaba a punto de entregarme todas las pruebas.

Después la guardé en un disco externo y la eliminé del teléfono.

No porque quisiera olvidar.

Sino porque ya no necesitaba llevar la prueba conmigo todos los días.

Mauricio había querido llegar a noventa y nueve venganzas.

Creía que necesitaba tres más para destruirme por completo.

Nunca entendió que el verdadero final llegó antes.

En la número noventa y seis, yo dejé de intentar demostrarle que merecía su amor.

Y él perdió para siempre el poder de decidir cuánto valía yo.

Durante años pensé que salvar una relación significaba hacer sacrificios cada vez mayores.

Hasta que comprendí algo:

a veces la única persona que realmente necesita ser salvada eres tú misma.

Y esa decisión, aunque duela, puede ser el principio de toda la vida que todavía te queda por vivir.

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