Pero estaba equivocada.
Allí había ocurrido algo mucho más sencillo.
Yo había bailado mejor.
Había ganado.
Eso era todo.
No había cometido ningún pecado.
No le había robado nada a Renata.
No merecía castigos.
No debía disculparme por haber brillado.
Antes de regresar a Mérida compré unos zapatos de baile nuevos.
Nada lujoso.
Negros.
Cómodos.
Míos.
En el aeropuerto llamó mi mamá.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Lo viste?
—Sí.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Y qué sentiste?
Miré los aviones detrás del cristal.
—Menos de lo que imaginaba.
Mi madre soltó una pequeña risa.
—Eso parece una buena noticia.
—Lo es.
Antes de abordar abrí por última vez la carpeta que Renata me había enviado.
Noventa y seis entradas.
Noventa y seis intentos de enseñarme que querer a Mauricio significaba aguantar.
La cerré.