—Estás destruyendo 7 años.
—Yo no preparé esto a escondidas.
—Álvaro te quiere.
—Puede quererme y aun así no estar preparado para ser mi marido.
Carmen empezó a llorar.
Lucía también sintió los ojos húmedos.
No disfrutaba haciéndole daño.
Aquello era lo más difícil de explicar a quienes convertían los conflictos en historias con villanos perfectos.
Carmen no era un monstruo.
Había perdido su piso después de una complicada separación y tenía miedo de quedarse sola. Álvaro llevaba años sintiéndose responsable de ella porque, cuando su padre abandonó la familia, Carmen había trabajado jornadas interminables para sacar adelante a sus hijos.
Lucía conocía aquella historia.
La respetaba.
Incluso había ayudado económicamente a Carmen en otras ocasiones.
Pero comprender el miedo de alguien no obligaba a permitir que ese miedo dirigiera la vida de los demás.
—Espero que algún día entiendas que esto no es contra ti —dijo Lucía.
—No sé cómo puedes decir eso.
—Porque si Álvaro me hubiera llamado hace 3 semanas y me hubiera dicho que necesitabas ayuda, habría buscado una solución contigo.
Carmen dejó de llorar.
—Quizá incluso habría aceptado que te quedaras un tiempo.
El silencio se volvió más pesado.
—Pero nunca lo sabremos —continuó Lucía— porque vosotros decidisteis que mi respuesta no importaba.
Colgó.
La boda no se celebró.
La finca donó una parte de la comida preparada a una asociación de Pozuelo y repartió otra entre el personal. Algunos proveedores devolvieron una parte del dinero. Otros aplicaron las penalizaciones del contrato.
Lucía perdió más dinero del que quería calcular.
También tuvo que devolver regalos durante semanas.
Cada paquete era una pequeña versión de la boda que nunca ocurrió.
Una cafetera.
Un juego de copas.
Unas sábanas.
Una tarjeta que decía: «Para vuestra nueva vida juntos».
Al principio evitaba mirar las dedicatorias.
Después aprendió a hacerlo sin llorar.
Álvaro permaneció en el piso.
Carmen también.
Durante los primeros días él escribió constantemente.
«Lo siento.»
«Déjame arreglarlo.»
«Ahora comprendo lo que hice.»
«No quiero perderte.»
Lucía respondió una sola vez:
«Lo que necesito no es que entiendas que me he ido. Necesitaba que entendieras mi voz cuando todavía estaba allí.»
Álvaro no insistió durante varios días.