Lucía no abandonó a Álvaro porque su madre necesitara techo.
Tampoco porque odiara a Carmen.
Se marchó porque 2 días antes de comprometerse para siempre descubrió que su futuro marido llevaba semanas organizando una decisión sobre su hogar sin ella y confiaba en que, una vez casada, tendría menos espacio para negarse.
Las 15 cajas simplemente hicieron visible una verdad que quizá habría tardado años en comprender.
Y aquella mañana, mientras Álvaro sostenía la nota frente a un salón medio vacío, Lucía no estaba huyendo de una boda.
Estaba evitando desaparecer poco a poco dentro de su propio matrimonio.