Pensó en su propio vestido, que finalmente había vendido.
Pensó en las flores.
En las llamadas.
En las 15 cajas.
Y también en aquella llave de latón con la etiqueta roja.
Todavía la conservaba.
No como un trofeo.
La guardaba en un pequeño cajón junto a documentos importantes.
Porque aquella llave había terminado representando algo distinto.
No era la llave que Carmen había recibido para entrar sin permiso.
Era el objeto que había obligado a Lucía a preguntarse quién tenía derecho a decidir sobre su propia vida.
Con el tiempo dejó de sentirse avergonzada por haber cancelado una boda a última hora.
Entendió que perder dinero dolía.
Decepcionar a gente dolía.
Romper una relación de 7 años dolía.
Pero había algo que podía costar muchísimo más: entrar en un matrimonio esperando que una conducta desapareciera solo porque se habían pronunciado unos votos.