Dos días antes de mi boda, volví al salón y encontré a mi suegra rodeada de 15 cajas, mientras mi prometido la ayudaba a instalarse en nuestra casa. Él había decidido todo a mis espaldas: «Cuando estemos casados lo entenderás mejor». No discutí; cancelé la boda y me fui antes del amanecer. Entonces vi la pequeña llave con etiqueta roja.

Lucía respondió:

«Eso significa que sabías cuál era mi respuesta antes de preguntarme.»

Álvaro no volvió a escribir.

A las 9:00 la organizadora llamó.

Los proveedores preguntaban qué hacer.

La finca tenía la comida preparada.

El fotógrafo estaba de camino.

Había familiares llegando desde Sevilla, Zaragoza y Bilbao.

Lucía miró su vestido.

Le dolía el pecho.

Pero respondió:

—Cancélalo todo.

Horas después Álvaro apareció en el hotel.

—Mi madre se irá hoy —prometió—. Podemos casarnos mañana y hablar después.

Lucía negó con la cabeza.

—Sigues sin entenderlo.

—¿Qué quieres que haga?

—Nada.

Álvaro palideció.

—¿Nada?

—Porque esto ya no trata de tu madre.

Lucía sostuvo su mirada.

—Trata de que planeaste conseguir mi consentimiento después de haber hecho imposible mi negativa.

Álvaro se quedó completamente inmóvil.

Y entonces, quizá por desesperación, pronunció una frase que terminó de destruir cualquier posibilidad de reconciliación:

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