Dos días antes de mi boda, volví al salón y encontré a mi suegra rodeada de 15 cajas, mientras mi prometido la ayudaba a instalarse en nuestra casa. Él había decidido todo a mis espaldas: «Cuando estemos casados lo entenderás mejor». No discutí; cancelé la boda y me fui antes del amanecer. Entonces vi la pequeña llave con etiqueta roja.

—Una vez casados, ciertas decisiones ya no son solo tuyas.

Lucía lo miró durante varios segundos.

—Exacto, Álvaro.

Cogió su bolso.

—Por eso no voy a casarme contigo.

PARTE 3

A las 12:15, cuando debería haber estado terminando de maquillarse para la ceremonia, Lucía estaba sentada frente a la ventana del hotel viendo cómo los coches circulaban por la A-6.

Su madre lloró al teléfono.

No porque quisiera obligarla a regresar, sino porque sabía cuánto había deseado aquella boda.

Su padre tardó más en hablar.

—¿Te ha hecho algo? —preguntó.

—No de la forma que estás pensando.

Lucía le explicó la conversación, la llave y las semanas de planificación.

Su padre guardó silencio.

Finalmente dijo:

—Entonces no vuelvas por miedo a perder el dinero de una fiesta.

Aquello la hizo llorar por primera vez.

Porque era exactamente el miedo que había empezado a sentir.

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