Cerró los ojos.
—Mejoraste.
—¿Y después?
—Tenía miedo de que volvieras a empeorar.
Lo miré fijamente.
—Así que simplemente continuaste.
Asintió.
—¿Durante diez años?
Su voz se quebró.
—No sabía cómo parar.
Esa frase me enfureció más que todo lo demás.
—¿No sabías cómo parar?
—Estaba intentando protegerte.
—No.
Mi voz temblaba.
—Estabas intentando controlar algo que te daba miedo.
Me miró.
—Te amaba.
—Entonces deberías habérmelo dicho.
No tuvo respuesta.
De pronto, tantos momentos de los últimos diez años volvieron a mi mente.
Las mañanas en las que me sentía extrañamente cansada.
Las tardes en las que no conseguía concentrarme.
Las veces que me culpé por sentir la mente nublada.
Los días en los que pensé que simplemente me estaba haciendo mayor.
Miré a Daniel y sentí que estaba mirando a un desconocido.