Una hora después, Norma cerró la puerta con llave y bajó las persianas. Volvió del cuarto de atrás con una caja grande de madera y la puso frente a mí.
—Rodrigo me pidió que te la diera solo si él ya no podía explicártelo.
La abrí. No había pelo. Había cartas. Decenas. Algunas escritas por niños, otras por mujeres. Fotografías de antes y después del tratamiento. Dibujos. Tarjetas. En una decía, con letra de niña: «Gracias a la señora del pelo bonito que me hizo sentir yo otra vez». Empecé a llorar.
—Tu pelo se usó para varias pelucas a lo largo de los años. Rodrigo pagaba todos los costos.
—¿Por qué no me lo dijo?
Norma bajó la mirada.
—Porque cometió un error. Que su motivo fuera bueno no significa que lo que te hizo estuviera bien. La primera vez me contó de Adela y me dijo que tu pelo se parecía muchísimo al de ella. Yo acepté. Tenía veintitantos años y pensé que hacíamos algo hermoso. Después, cuando vi que tú no querías seguir, le dije que te contara la verdad.
—Pero no lo hizo.
—No.
—Y tú seguiste.
—Sí. Y lo lamento.
Miré la caja. Por primera vez en veinte años, dos verdades podían existir juntas: mi pelo había ayudado a muchas personas, tal vez incluso cambiado vidas. Pero se lo habían llevado contra mi voluntad. Un gesto hermoso hacia desconocidos no borraba lo que Rodrigo me había hecho a mí.
La conversación en el hospital
Cuando Rodrigo despertó, yo estaba junto a la cama. Lo primero que vio fue la caja. Cerró los ojos.
—Ya lo sabes.
—Sí.
—Marcela…
—No. Ahora hablas solo cuando yo pregunto.
Asintió despacio.
—¿Adela era tu hermana?
—Sí.
—¿Le prometiste que ayudarías a otras personas?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no me pediste permiso?
Rodrigo empezó a llorar. En veinte años lo había visto llorar solo dos veces.
—Porque la primera vez tuve miedo de que dijeras que no.
—¿Y después?
—Me dio vergüenza reconocer lo que había hecho. Cada año era más difícil contarte la verdad.
—Así que seguiste decidiendo por mí. Te pedí que pararas. Lloré en esa silla. Nuestra hija te preguntó por qué lo hacías.