—Cuando te cases, tendrás que priorizar.
La cena en la que su futuro suegro dejó el plato vacío delante de ella y bromeó:
—A ver si la nueva nuera aprende rápido.
El domingo en que Álvaro se enfadó porque Lucía no quiso plancharle una camisa.
Siempre había una explicación.
Siempre una risa después.
Siempre una frase que transformaba la falta de respeto en una supuesta tradición.
Ahora todo tenía otro significado.
Esa tarde, Lucía se reunió con su padre, Julián Serrano, en una cafetería privada de un hotel de Madrid. Él llevaba años apartado de la gestión diaria de Aurora, pero seguía siendo presidente honorífico del consejo.
Julián no levantó la voz cuando vio la mejilla de su hija.
Solo preguntó:
—¿Estás segura de que no quieres que intervenga?
—Estoy segura.
—¿Y estás segura de que quieres que sepan quién eres?