Lucía tardó en responder.
Había pasado años escondiéndose para evitar precisamente aquello: que la gente cambiara de actitud al descubrir su patrimonio.
Pero el secreto ya no la protegía. Se había convertido en una jaula.
—Sí —dijo—. Pero no para impresionarlos. Para que entiendan que nunca dependí de ellos.
A las 17:00, Irene envió a Álvaro una comunicación formal sobre la separación, la conservación de pruebas y el uso indebido de documentación personal.
En el encabezado aparecía por primera vez el nombre completo:
Lucía Vega Serrano, presidenta ejecutiva de Aurora Patrimonial.
Álvaro llamó en menos de 4 minutos.
Lucía no respondió.
Volvió a llamar.
Luego escribió:
“¿Qué significa esto?”
Después:
“¿Aurora es tuya?”
Y finalmente:
“Necesitamos hablar antes de que mi madre se entere.”
Lucía dejó el móvil boca abajo.
No sintió triunfo.
Sintió cansancio.
Durante todo el día, la verdad que más le dolía no era que la hubieran subestimado por parecer una mujer con poco dinero. Era que Álvaro había sido amable mientras creyó que podía controlar el ritmo de la relación y había mostrado otra cara en cuanto pensó que el matrimonio le daba derechos sobre ella.