No lo hizo.
Lo dobló con cuidado y lo colocó junto a la carta de Álvaro y a la copia del expediente cerrado.
No como recuerdo de un fracaso.
Como prueba de una frontera.
El matrimonio había durado menos de 24 horas.
La lección, en cambio, le acompañaría toda la vida: quien exige obediencia cuando cree que no tienes opciones no se vuelve respetuoso al descubrir que tienes poder.
Solo se vuelve prudente.
Y Lucía ya no necesitaba prudencia de nadie.
Necesitaba respeto.