Al terminar la charla, una chica de 22 años se le acercó.
—¿Es verdad que usted vivió años como si no tuviera dinero para saber quién la quería de verdad?
Lucía sonrió con tristeza.
—Creí que era una buena idea.
—¿Y no lo era?
Lucía miró por los ventanales del salón. En el mismo edificio donde había salido vestida de novia con una maleta, ahora había decenas de mujeres hablando de trabajo, autonomía y futuro.
—El dinero puede ocultar intenciones —respondió—, pero esconder quién eres tampoco obliga a nadie a ser buena persona. Lo importante no es comprobar cuánto te quieren cuando pareces débil. Lo importante es ver cómo te tratan cuando creen que no puedes defenderte.
Aquella noche regresó a casa sola, pero no se sintió sola.
Abrió un armario y encontró la caja donde había guardado el velo de boda. Durante unos segundos pensó en tirarlo.