Había ocultado esa parte de su vida por una razón que, aquella noche, le pareció dolorosamente ingenua: quería saber si alguien podía quererla sin calcular lo que valía su apellido.
Álvaro parecía haber superado esa prueba. Hablaba de formar una familia y repetía que detestaba a la gente obsesionada con el dinero.
Hasta que entró en la habitación y vio el barreño.
Lucía esperó que se riera. Esperó que sacara a su madre de allí o, al menos, que dijera algo decente.
—Luci, hazlo y ya está —murmuró él, aflojándose la corbata—. No montes un drama en nuestra primera noche.
Ella señaló el recipiente.
—¿Esperas que lave a mano la ropa de tu padre y de tu hermano?
—Mi madre lo ha hecho toda la vida.
—Entonces tu madre tomó su decisión. Yo no.
Carmen dio un paso al frente.