El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida.

Preparé un vaso grande de agua fresca, un poco de zumo y dos bocadillitos pequeños. Salí al jardín.

—Álvaro, para un momento y bebe algo.

Él apagó enseguida el cortacésped y se enderezó preocupado.

—¿He hecho algo mal? ¿Hay alguna parte que no le guste?

—No —le dije—. Estás trabajando muy bien. Pero no eres una máquina.

Cogió el vaso con las dos manos.

—Gracias, señora.

Bebió en silencio, casi con vergüenza. De cerca no parecía peligroso.

Parecía cansado.

Demasiadocansado para un

chico de su edad.

—Trabajas mucho —le dije.

Apretó los labios.

—Tengo que hacerlo.

No añadió nada más.

A los pocos minutos quiso volver a empezar. Le dije que podía terminar otro día, pero negó con la cabeza.

—Tengo que pasar por la farmacia después.

Otra vez esa urgencia.Cuando terminó, salí a verlo y me quedé quieta en la entrada.

El jardín parecía otro. Los bordes del camino estaban limpios. La hierba, bien cortada. Los escalones de la puerta, barridos. Incluso había recogido los restos que habían caído junto al muro.

Volvió hacia mí con su viejo cortacésped.

—Ya está, señora. Si le parece bien, son quince euros.

Yo ya tenía preparado el billete.

Cuando le puse cien euros en la mano, se quedó helado.

—No, señora. No puedo. No tengo cambio.

—No hace falta que me des cambio.

—Pero yo le pedí quince.

—Y yohe visto lo que

vale tu trabajo.

Miró el billete. Le temblaban los dedos.

Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. Giró la cara, pero vi cómo le caían por las mejillas.

Aquel chico tatuado, al que yo casi había echado sin pensarlo, estaba llorando junto a mi verja como alguien que llevaba demasiado tiempo aguantando.

—Álvaro… ¿qué pasa?

Se limpió la cara con la manga.—Mi hija —susurró—. Nora. Tiene cuatro meses.

No dije nada.

—A veces le cuesta respirar. En casa queda muy poca leche especial, y en la farmacia tengo que comprar unas mascarillas nuevas para el aparato de aerosol.

Miró el billete otra vez.

—Me faltaban quince euros. Exactamente quince. He llamado antes a varias casas. Todos me han dicho que no.

Sentí un nudo en el estómago.

No por él.

Por mí.

Porque yo también estuve a punto de hacer lo mismo.

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